Anaïs había crecido con las historias que su abuela le contaba sobre castillos, caballeros de brillante armadura y magos que expulsaban fuego por las puntas de sus dedos.
De pequeña le encantaban esos cuentos.
La transportaban a un mundo donde sus padres eran nobles y ella una princesa hechicera, su hermano un valeroso caballero con armadura dorada y una espada de plata.
Mucho mejor que la realidad.
Vivía con sus padres (mejor dicho... había vivido con ellos hasta que se promulgó el Edicto de Grandes Talentos, una forma encubierta de cazar a sus semejantes), que se peleaban constantemente, en uno de los suburbios de la gran ciudad de Nuevo Jerusalén. Allí donde Mesías, el líder espiritual y político de la Tierra entera, había vuelto a la vida y había empezado con su Advenimiento.
Al principio nadie lo había tomado demasiado en serio… Uno más de los cientos de religiosos que surgían por doquier profetizando la eterna salvación, mientras se enriquecían a costa de los idiotas que lo creían.
Después de la Primer Guerra de las Corporaciones, con centenares de millones de muertos y el virus “Apocalipsis” pululando libremente y eliminando a niños, mujeres y hombres sin distinción de raza o edad… La verdad es que la gente estaba dispuesta a creerse cualquier cosa.
Tras un mes de charla incesante en la Colina de los Lamentos, empezó a tener seguidores. Primero media docena de mendigos, a los que alimentaba no se sabe bien como, poco después un centenar…
Así hasta los mil que acabaron reuniéndose en torno a esa colina, a los pies de su Salvador.
El ejercito israelí intentó desalojar la colina por la fuerza, y tras una larga negociación en la que ninguno de los bandos tenía pensado ceder, una terrible explosión sacudió los osciloscopios de varios kilómetros a su alrededor.
Cuando el resplandor cesó y el polvo se hubo asentado, ninguno de sus acólitos había sufrido daño alguno y los soldados y tanques enviados habían quedado carbonizados.
Su fama alcanzó entonces cotas monumentales. Recibía miles de nuevos seguidores a diario y donaciones anónimas que lo enriquecieron rápidamente, aunque continuo con su austera y raída túnica negra y su aspecto descuidado. Solo quería la salvación de la Humanidad, o eso decía.
En menos de un año, se hizo con terrenos en Nuevo Jerusalén y construyo lo que hoy es la Capital del Mundo.
La Ciudadela.
Poco a poco se rodeó de los más influyentes políticos y, pese a que los lideres religiosos lo miraban con desconfianza, una vez empezaron a tratar con el fueron subyugados por su carisma. Seguía vistiendo de manera austera, con una túnica, aunque aceptaba llevar un medallón con el símbolo de su credo. La serpiente Ouroboros rodeando un cáliz y una espada.
Sucedió lo que tarde o temprano tenia que suceder. Las tres religiones “recapacitaron” y se disolvieron, legando sus bienes y fieles al nuevo Mesías, el Salvador.
No fue cosa de unos días o meses… Hablamos de un periodo que duró más de cien años, y es que Mesías renació el 21 de Enero de 2302, y nuestra historia empieza el 07 de Mayo de 2012.
En esos años muchas cosas han pasado, algunas buenas y la mayoría malas.
Todo gira alrededor de la religión, de lo que se ocupa un cuerpo de policía llamado, como no, La Inquisición.
Compuesto en un 85% por androides de combate (que ignoran las 3 Leyes de Asimov a discreción, nadie ha logrado descubrir como...) y un selecto grupo de humanos que se clasifican por rangos eclesiásticos, el puño de hierro de Mesías domina a la raza humana.
A todos, salvo a un pequeño grupo de rebeldes con conexiones poderosas, pero nunca suficientes para derrocar el asentado régimen. Estos rebeldes son los únicos que poseen aún el Don, y que han logrado evadir la vigilancia de los Inquisidores y Sacerdotes.
Capaces de manejar a su antojo la energía y los elementos, forman parte para la mayoría del tejido de los sueños, tan escaso es su numero.
Aún así, siguen luchando con un solo fin... Derrocar al tirano y devolverle la libertad a la humanidad.
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-¡Anaïs! ¡Es hora de salir!- gritó la ronca voz de su hermano desde la cocina, que era donde estaba siempre, comiendo hasta reventar.
-¡Voy!- respondió Anaïs mientras cerraba el libro y lo ocultaba en la tabla suelta donde guardaba sus cuatro posesiones mas preciadas. El libro era una de las pocas cosas que había rescatado del ataque en casa de sus padres. El Grimorio de su abuela... El libro donde habían escritos poderosos hechizos que jamas lograría entender.
Saltó de la cama estirando su flexible cuerpo, espigado pero musculoso mientras se atusaba un poco el cabello pelirrojo como las llamas del hogar que brillaba con fuerza en la habitación.
Se deslizó una camiseta roja sobre la piel blanca como el mármol, se enfundó unos pantalones negros y tras atarse las botas y colocarse el chaleco negro, recogió una cinta de raso del escritorio y se ató en una coleta el pelo.
Al salir de la habitación, cerró la puerta, rozando con los dedos apenas el pomo, que brillo levemente con un destello azulado.
En mitad del pequeño salón, un hombre enfundado en una pesada armadura de color negro le esperaba con los brazos cruzados. Un yelmo cerrado y con un penacho de plumas rojas descansaba sobre la mesa baja y junto a el, una larga espada negra con la hoja llena de intrincados caracteres que relucían y parecían bailar a la luz de las velas distribuidas por la sala.
-¡Oh! La “Señora” ha decidido salir de sus aposentos.- exclamó Anton con sorna -Reverenciémosla…- dijo riendo mientras ponía una rodilla en el suelo y agachaba la cabeza.
-Cállate estúpido y recoge tus trastos…- murmuro entre dientes Anaïs mientras se abrochaba el cinturón con una bolsa de ingredientes, una pistola y una defensa extensible con runas similares a las de la espada
-¿No podrías ir un poco mas... "discreto"?- siseo mirándolo de reojo, colocándose bien una pesada capa.
Anton se levantó riendo mientras su traje metálico crujía con el movimiento.
-¿Mas discreto? No pienso deshonrar a las generaciones pasadas de Guardianes llevando esa ropa horrible que llevan los "no tocados"- replicó, poniendo cara de asco mientras cogía una pata de pollo de la mesa y la mordía con fruición.
Anaïs meneó la cabeza mientras lo veia comer. Hacía tiempo que había desistido de intentar hacer que su hermano comiese menos, pero era una batalla perdida desde el principio.
-¿Nunca dejas de comer?- preguntó, aunque sabía la respuesta.
-Estoy creciendo... Necesito alimento- replicó haciendose el ofendido mientras movia el salvaje cabello dorado. Con mas de un metro noventa y casi 130kg, su hermano tenia un cuerpo robusto y musculado, sin apice de grasa, fruto de las largas sesiones de entrenamiento que llevaba a cabo en la Academia de Avalon.
-No te enfades, pero por tu culpa llegaremos tarde a la cita con Yuri- replicó el fornido joven mientras recogía su arma y su yelmo, cediendo el paso a su hermana con una sonrisa.
-Seguirá estando allí… Yuri siempre esta en “La Biblioteca”- contesto esbozando una triste sonrisa y saliendo por la puerta hacia la calle, nevada y fría. Eran las ocho de la tarde y el toque de queda resonaba por las calles como un funesto presagio de la noche que les esperaba.
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