CAPITULO 1:
PODER DORMIDO
Kenneth corría. Como nunca antes lo había hecho. Como llevaba haciendo casi una semana.
No sabía porque, los Inquisidores habían intentado eliminarlo en numerosas ocasiones. En concreto en todas las que lo habían encontrado, y habían sido unas cuantas…
Esquivando cubos de basura volcados, gatos y algún mendigo que empujaba con aire cansado un carro lleno de chatarra, sus pies resbalaban en el hielo y la nieve que cubrían el suelo de Nueva York. Algunos decían que era culpa del calentamiento global, otros que entrábamos en una era de glaciación, pero lo cierto es que nadie sabía por que a esas alturas de mayo estaba nevando. La ráfaga de ametralladora que taló el poste eléctrico de su derecha lo saco de su ensoñamiento.
Tres Inquisidores y dos monjes lo perseguían desde hacia quince minutos y aún no había logrado despistarlos. Se le acababa el fuelle y no sabia como quitárselos de encima sin luchar, y eso era algo que no tenía intención de hacer.
Pese a su estatura (algo más de 1,80) y su fornido cuerpo de trabajador en los hornos metalúrgicos, pelear con cinco enemigos (tres de ellos robots) era una locura.
Giro en diferentes calles, dando vueltas alrededor de cuatro manzanas sin dejar de correr y buscando una salida.
Una nueva ráfaga repiqueteo y levantó el asfalto a sus pies, lanzándolo por los aires. Cayó de espaldas contra un coche abandonado, que crujió casi como si protestara por el maltrato. Casi pudo oír la risa satisfecha de los dos humanos que dirigían la partida de caza mientras sus sentidos se atontaban por el fuerte golpe.
-Bien, maldito hereje. Al fin eres nuestro…- siseo uno de los dos encapuchados mientras sacaba un arma de energía de entre los pliegues de la túnica y la apuntaba al pecho del joven.
-¿Hereje? ¿Se puede saber de que cojones hablas? Yo no he hecho nada para que la Iglesia quiera acabar conmigo…- replicó Kenneth mientras se apartaba un mecho de pelo negro de los ojos y tosía un poco de sangre.
-¿Cómo? No mientas, sabes que has usado el mal para beneficiarte.- replicó el otro encapuchado, de voz mas joven mientras sacudía una furiosa patada al rostro del fugitivo.
Kenneth aguantó la patada con estoicismo, aunque no pudo evitar morderse la lengua y hacerse mas sangre. Se llevó la mano a la boca y se manchó los dedos con su propia sangre.
Notó que la sangre le bullía mientras extraños símbolos bailaban envueltos en fuego ante sus ojos.
“Mierda… La patada debe haberme provocado una conmoción o algo...” pensó para sus adentros mientras intentaba quitarse de la cabeza el aturdimiento.
-¡No se nada de eso, estúpido!- espetó aturdido el joven mientras estiraba una mano intentando coger uno de esos símbolos extraños que bailaban delante de sus ojos.
Los dos humanos se pusieron muy nerviosos al verlo y lo encañonaron.
-¡¡QUIETO!!- gritaron al unísono mientras Kenneth reseguía uno de los símbolos, trazándolo en el aire. Lo que no se percataba el muchacho es que los símbolos permanecían en el aire, brillantes y pulsando con fuerza.
Justo al terminar de seguir uno de los símbolos, que le parecía familiar aunque estaba seguro de que no lo había visto en su vida, una furiosa llamarada surgió de su mano. Los dos sacerdotes gritaron mientras quedaban convertidos en poco mas que ceniza y las rugientes llamas ensordecían al joven, mas aturdido aún.
Cerró la mano con fuerza, asustado por lo que acababa de ver “Una bolsa de gas… eso ha sido ¿Qué más podía ser?”Preguntó a su aturdido cerebro. Tan asombrado estaba por la suerte que había tenido que apenas se dio cuenta del puñetazo que le dirigía uno de los androides. Cerró los ojos, sabiendo que el golpe que se dirigía a su mandíbula se la rompería en varios pedazos, cuando un sonoro clonk resonó en su cabeza, sin causarle más que un dolor de cabeza por culpa del ruido. Un instante después se atrevió a abrir los ojos poco más que una rendija.
Una cúpula de brillante luz azul lo separaba del robot que, confundido, escaneaba la barrera sin acercar el ennegrecido puño que humeaba, como si se hubiese quemado.
-Perfecto… ¿Esto que coño es…?- murmuró boquiabierto acercando una mano a la pulsante luz azul que lo rodeaba.
Al tocarla, la barrera se deshizo, dejándole el camino libre al androide para que lo machacase.
Kenneth se dejó caer al suelo y gateó entre las piernas del robot, solo para encontrarse los otros dos, que llegaban para apoyar a su metálico amigo.
Los cañones de plasma brillaron, listos para disparar cuando uno de los robots salió disparado hacia atrás y chocó contra pared con un chirrido metálico.
Una fornida figura, blandió “algo” negro como la misma noche y otro de los androides cayó, cortado en tres trozos con un doloroso ruido metálico.
El tercer robot fue más rápido. Usando el cañon giratorio de su otro brazo disparó casi a bocajarro contra su gigantesco salvador.
-Srokh-jiet-
Unas palabras quedas, gritadas en un idioma que Kenneth reconoció como el que usaba su madre en las nanas que le cantaba de pequeño, pero con una voz más angelical aún, hicieron fluctuar la luz delante del guerrero.
La salvaje descarga de munición del calibre 50 se deshizo sin causar ningún tipo de daño. El robot se giró hacia la dueña de la suave voz y disparó de nuevo, esta vez con el cañón de energía que llevaban incrustado en el hombro. Sin pensarlo, Kenneth se levantó y se colocó delante de la joven. Unos enormes ojos de color esmeralda lo observaron con el miedo pintado en el rostro mientras su boca intentaba gritarle que se apartara.
Pero Kenneth no la oia. En su mente bailaban centenares de símbolos extraños, que jamas había visto y que sin embargo eran para el cosa habitual. Eligió tres de ellos rápidamente y un segundo antes de que el poderoso rayo de partículas los fulminase, alzó la mano, donde brillaban los tres símbolos. Sus brazos desnudos, curtidos a base de trabajar cargando peso, estaban ahora recubiertos por cadenas doradas de palabras en un idioma extraño y que se extendían hasta su cuello, en el que se marcaban las venas y los músculos.
Extendió la mano, recogiendo la energía y creando una sola bola de brillante color rojo.
-Liote, iuna hak- siseó con una voz profunda y gutural acercando los labios a la esfera de rabiosa energía.
La esfera salio disparada, atravesando al androide y haciéndolo estallar en una bola de fuego cegadora.
Las sirenas ululaban mientras Kenneth se desmayaba y caía al suelo.
Los poderosos brazos enfundados en acero del guerrero lo recogieron, solo podía ver un yelmo cerrado con una cicatriz donde estaría el ojo derecho y, junto a esa terrorífica imagen un precioso rostro enmarcado en llamas y con dos profundos pozos de esmeralda.
Oyó palabras en su idioma natal , pero estaba demasiado cansado para prestarles atención. Solo quería dormir y se dejo envolver por el aterciopelado manto de negrura que estaba lleno de promesas de descanso.
"¿Que diablos... me lo he ganado..." pensó antes de desmayarse.
"¿Que diablos... me lo he ganado..." pensó antes de desmayarse.