lunes, 16 de enero de 2012

Capítulo 1: Poder dormido

CAPITULO 1:
PODER DORMIDO

Kenneth corría. Como nunca antes lo había hecho. Como llevaba haciendo casi una semana.
No sabía porque, los Inquisidores habían intentado eliminarlo en numerosas ocasiones. En concreto en todas las que lo habían encontrado, y habían sido unas cuantas…
Esquivando cubos de basura volcados, gatos y algún mendigo que empujaba con aire cansado un carro lleno de chatarra, sus pies resbalaban en el hielo y la nieve que cubrían el suelo de Nueva York. Algunos decían que era culpa del calentamiento global, otros que entrábamos en una era de glaciación, pero lo cierto es que nadie sabía por que a esas alturas de mayo estaba nevando. La ráfaga de ametralladora que taló el poste eléctrico de su derecha lo saco de su ensoñamiento.

Tres Inquisidores y dos monjes lo perseguían desde hacia quince minutos y aún no había logrado despistarlos. Se le acababa el fuelle y no sabia como quitárselos de encima sin luchar, y eso era algo que no tenía intención de hacer.
Pese a su estatura (algo más de 1,80) y su fornido cuerpo de trabajador en los hornos metalúrgicos, pelear con cinco enemigos (tres de ellos robots) era una locura.
Giro en diferentes calles, dando vueltas alrededor de cuatro manzanas sin dejar de correr y buscando una salida.
Una nueva ráfaga repiqueteo y levantó el asfalto a sus pies, lanzándolo por los aires. Cayó de espaldas contra un coche abandonado, que crujió casi como si protestara por el maltrato. Casi pudo oír la risa satisfecha de los dos humanos que dirigían la partida de caza mientras sus sentidos se atontaban por el fuerte golpe.

-Bien, maldito hereje. Al fin eres nuestro…- siseo uno de los dos encapuchados mientras sacaba un arma de energía de entre los pliegues de la túnica y la apuntaba al pecho del joven.
-¿Hereje? ¿Se puede saber de que cojones hablas? Yo no he hecho nada para que la Iglesia quiera acabar conmigo…- replicó Kenneth mientras se apartaba un mecho de pelo negro de los ojos y tosía un poco de sangre.
-¿Cómo? No mientas, sabes que has usado el mal para beneficiarte.- replicó el otro encapuchado, de voz mas joven mientras sacudía una furiosa patada al rostro del fugitivo.
Kenneth aguantó la patada con estoicismo, aunque no pudo evitar morderse la lengua y hacerse mas sangre. Se llevó la mano a la boca y se manchó los dedos con su propia sangre.
Notó que la sangre le bullía mientras extraños símbolos bailaban envueltos en fuego ante sus ojos.
“Mierda… La patada debe haberme provocado una conmoción o algo...” pensó para sus adentros mientras intentaba quitarse de la cabeza el aturdimiento.
-¡No se nada de eso, estúpido!- espetó aturdido el joven mientras estiraba una mano intentando coger uno de esos símbolos extraños que bailaban delante de sus ojos.
Los dos humanos se pusieron muy nerviosos al verlo y lo encañonaron.
-¡¡QUIETO!!- gritaron al unísono mientras Kenneth reseguía uno de los símbolos, trazándolo en el aire. Lo que no se percataba el muchacho es que los símbolos permanecían en el aire, brillantes y pulsando con fuerza.
Justo al terminar de seguir uno de los símbolos, que le parecía familiar aunque estaba seguro de que no lo había visto en su vida, una furiosa llamarada surgió de su mano. Los dos sacerdotes gritaron mientras quedaban convertidos en poco mas que ceniza y las rugientes llamas ensordecían al joven, mas aturdido aún.
Cerró la mano con fuerza, asustado por lo que acababa de ver “Una bolsa de gas… eso ha sido ¿Qué más podía ser?”Preguntó a su aturdido cerebro. Tan asombrado estaba por la suerte que había tenido que apenas se dio cuenta del puñetazo que le dirigía uno de los androides. Cerró los ojos, sabiendo que el golpe que se dirigía a su mandíbula se la rompería en varios pedazos, cuando un sonoro clonk resonó en su cabeza, sin causarle más que un dolor de cabeza por culpa del ruido. Un instante después se atrevió a abrir los ojos poco más que una rendija.
Una cúpula de brillante luz azul lo separaba del robot que, confundido, escaneaba la barrera sin acercar el ennegrecido puño que humeaba, como si se hubiese quemado.
-Perfecto… ¿Esto que coño es…?- murmuró boquiabierto acercando una mano a la pulsante luz azul que lo rodeaba.
Al tocarla, la barrera se deshizo, dejándole el camino libre al androide para que lo machacase.
Kenneth se dejó caer al suelo y gateó entre las piernas del robot, solo para encontrarse los otros dos, que llegaban para apoyar a su metálico amigo.
Los cañones de plasma brillaron, listos para disparar cuando uno de los robots salió disparado hacia atrás y chocó contra pared con un chirrido metálico.
Una fornida figura, blandió “algo” negro como la misma noche y otro de los androides cayó, cortado en tres trozos con un doloroso ruido metálico.
El tercer robot fue más rápido. Usando el cañon giratorio de su otro brazo disparó casi a bocajarro contra su gigantesco salvador.
-Srokh-jiet-
Unas palabras quedas, gritadas en un idioma que Kenneth reconoció como el que usaba su madre en las nanas que le cantaba de pequeño, pero con una voz más angelical aún, hicieron fluctuar la luz delante del guerrero.
La salvaje descarga de munición del calibre 50 se deshizo sin causar ningún tipo de daño. El robot se giró hacia la dueña de la suave voz y disparó de nuevo, esta vez con el cañón de energía que llevaban incrustado en el hombro. Sin pensarlo, Kenneth se levantó y se colocó delante de la joven. Unos enormes ojos de color esmeralda lo observaron con el miedo pintado en el rostro mientras su boca intentaba gritarle que se apartara.
Pero Kenneth no la oia. En su mente bailaban centenares de símbolos extraños, que jamas había visto y que sin embargo eran para el cosa habitual. Eligió tres de ellos rápidamente y un segundo antes de que el poderoso rayo de partículas los fulminase, alzó la mano, donde brillaban los tres símbolos. Sus brazos desnudos, curtidos a base de trabajar cargando peso, estaban ahora recubiertos por cadenas doradas de palabras en un idioma extraño y que se extendían hasta su cuello, en el que se marcaban las venas y los músculos.
Extendió la mano, recogiendo la energía y creando una sola bola de brillante color rojo.
-Liote, iuna hak- siseó con una voz profunda y gutural acercando los labios a la esfera de rabiosa energía.
La esfera salio disparada, atravesando al androide y haciéndolo estallar en una bola de fuego cegadora.
Las sirenas ululaban mientras Kenneth se desmayaba y caía al suelo.
Los poderosos brazos enfundados en acero del guerrero lo recogieron, solo podía ver un yelmo cerrado con una cicatriz donde estaría el ojo derecho y, junto a esa terrorífica imagen un precioso rostro enmarcado en llamas y con dos profundos pozos de esmeralda.
Oyó palabras en su idioma natal , pero estaba demasiado cansado para prestarles atención. Solo quería dormir y se dejo envolver por el aterciopelado manto de negrura que estaba lleno de promesas de descanso.
"¿Que diablos... me lo he ganado..." pensó antes de desmayarse.

Prólogo

Anaïs había crecido con las historias que su abuela le contaba sobre castillos, caballeros de brillante armadura y magos que expulsaban fuego por las puntas de sus dedos.
De pequeña le encantaban esos cuentos.
La transportaban a un mundo donde sus padres eran nobles y ella una princesa hechicera, su hermano un valeroso caballero con armadura dorada y una espada de plata.
Mucho mejor que la realidad.

Vivía con sus padres (mejor dicho... había vivido con ellos hasta que se promulgó el Edicto de Grandes Talentos, una forma encubierta de cazar a sus semejantes), que se peleaban constantemente, en uno de los suburbios de la gran ciudad de Nuevo Jerusalén. Allí donde Mesías, el líder espiritual y político de la Tierra entera, había vuelto a la vida y había empezado con su Advenimiento.

Al principio nadie lo había tomado demasiado en serio… Uno más de los cientos de religiosos que surgían por doquier profetizando la eterna salvación, mientras se enriquecían a costa de los idiotas que lo creían.
Después de la Primer Guerra de las Corporaciones, con centenares de millones de muertos y el virus “Apocalipsis” pululando libremente y eliminando a niños, mujeres y hombres sin distinción de raza o edad… La verdad es que la gente estaba dispuesta a creerse cualquier cosa.

Tras un mes de charla incesante en la Colina de los Lamentos, empezó a tener seguidores. Primero media docena de mendigos, a los que alimentaba no se sabe bien como, poco después un centenar…
Así hasta los mil que acabaron reuniéndose en torno a esa colina, a los pies de su Salvador.
El ejercito israelí intentó desalojar la colina por la fuerza, y tras una larga negociación en la que ninguno de los bandos tenía pensado ceder, una terrible explosión sacudió los osciloscopios de varios kilómetros a su alrededor.
Cuando el resplandor cesó y el polvo se hubo asentado, ninguno de sus acólitos había sufrido daño alguno y los soldados y tanques enviados habían quedado carbonizados.
Su fama alcanzó entonces cotas monumentales. Recibía miles de nuevos seguidores a diario y donaciones anónimas que lo enriquecieron rápidamente, aunque continuo con su austera y raída túnica negra y su aspecto descuidado. Solo quería la salvación de la Humanidad, o eso decía.
En menos de un año, se hizo con terrenos en Nuevo Jerusalén y construyo lo que hoy es la Capital del Mundo.
La Ciudadela.
Poco a poco se rodeó de los más influyentes políticos y, pese a que los lideres religiosos lo miraban con desconfianza, una vez empezaron a tratar con el fueron subyugados por su carisma. Seguía vistiendo de manera austera, con una túnica, aunque aceptaba llevar un medallón con el símbolo de su credo. La serpiente Ouroboros rodeando un cáliz y una espada.
Sucedió lo que tarde o temprano tenia que suceder. Las tres religiones “recapacitaron” y se disolvieron, legando sus bienes y fieles al nuevo Mesías, el Salvador.
No fue cosa de unos días o meses… Hablamos de un periodo que duró más de cien años, y es que Mesías renació el 21 de Enero de 2302, y nuestra historia empieza el 07 de Mayo de 2012.
En esos años muchas cosas han pasado, algunas buenas y la mayoría malas.
Todo gira alrededor de la religión, de lo que se ocupa un cuerpo de policía llamado, como no, La Inquisición.
Compuesto en un 85% por androides de combate (que ignoran las 3 Leyes de Asimov a discreción, nadie ha logrado descubrir como...) y un selecto grupo de humanos que se clasifican por rangos eclesiásticos, el puño de hierro de Mesías domina a la raza humana.

A todos, salvo a un pequeño grupo de rebeldes con conexiones poderosas, pero nunca suficientes para derrocar el asentado régimen. Estos rebeldes son los únicos que poseen aún el Don, y que han logrado evadir la vigilancia de los Inquisidores y Sacerdotes.

Capaces de manejar a su antojo la energía y los elementos, forman parte para la mayoría del tejido de los sueños, tan escaso es su numero.
Aún así, siguen luchando con un solo fin... Derrocar al tirano y devolverle la libertad a la humanidad.

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-¡Anaïs! ¡Es hora de salir!- gritó la ronca voz de su hermano desde la cocina, que era donde estaba siempre, comiendo hasta reventar.
-¡Voy!- respondió Anaïs mientras cerraba el libro y lo ocultaba en la tabla suelta donde guardaba sus cuatro posesiones mas preciadas. El libro era una de las pocas cosas que había rescatado del ataque en casa de sus padres. El Grimorio de su abuela... El libro donde habían escritos poderosos hechizos que jamas lograría entender.
Saltó de la cama estirando su flexible cuerpo, espigado pero musculoso mientras se atusaba un poco el cabello pelirrojo como las llamas del hogar que brillaba con fuerza en la habitación.

Se deslizó una camiseta roja sobre la piel blanca como el mármol, se enfundó unos pantalones negros y  tras atarse las botas y colocarse el chaleco negro, recogió una cinta de raso del escritorio y se ató en una coleta el pelo.
Al salir de la habitación, cerró la puerta, rozando con los dedos apenas el pomo, que brillo levemente con un destello azulado.

En mitad del pequeño salón, un hombre enfundado en una pesada armadura de color negro le esperaba con los brazos cruzados. Un yelmo cerrado y con un penacho de plumas rojas descansaba sobre la mesa baja y junto a el, una larga espada negra con la hoja llena de intrincados caracteres que relucían y parecían bailar a la luz de las velas distribuidas por la sala.

-¡Oh! La “Señora” ha decidido salir de sus aposentos.- exclamó Anton con sorna -Reverenciémosla…- dijo riendo mientras ponía una rodilla en el suelo y agachaba la cabeza.
-Cállate estúpido y recoge tus trastos…- murmuro entre dientes Anaïs mientras se abrochaba el cinturón con una bolsa de ingredientes, una pistola y una defensa extensible con runas similares a las de la espada


-¿No podrías ir un poco mas... "discreto"?- siseo mirándolo de reojo, colocándose bien una pesada capa.
Anton se levantó riendo mientras su traje metálico crujía con el movimiento.

-¿Mas discreto? No pienso deshonrar a las generaciones pasadas de Guardianes llevando esa ropa horrible que llevan los "no tocados"- replicó, poniendo cara de asco mientras cogía una pata de pollo de la mesa y la mordía con fruición.
Anaïs meneó la cabeza mientras lo veia comer. Hacía tiempo que había desistido de intentar hacer que su hermano comiese menos, pero era una batalla perdida desde el principio.
-¿Nunca dejas de comer?- preguntó, aunque sabía la respuesta.
-Estoy creciendo... Necesito alimento- replicó haciendose el ofendido mientras movia el salvaje cabello dorado. Con mas de un metro noventa y casi 130kg, su hermano tenia un cuerpo robusto y musculado, sin apice de grasa, fruto de las largas sesiones de entrenamiento que llevaba a cabo en la Academia de Avalon.
-No te enfades, pero por tu culpa llegaremos tarde a la cita con Yuri- replicó el fornido joven mientras recogía su arma y su yelmo, cediendo el paso a su hermana con una sonrisa.
-Seguirá estando allí… Yuri siempre esta en “La Biblioteca”- contesto esbozando una triste sonrisa y saliendo por la puerta hacia la calle, nevada y fría. Eran las ocho de la tarde y el toque de queda resonaba por las calles como un funesto presagio de la noche que les esperaba.

Una nueva aventura...

Hace tiempo que tenía ganas de compartir esto... se que no es bueno, que no tiene la calidad que se espera de una gran novela...
Pero es una historia que hace tiempo que ronda por mi cabeza.
Espero que disfruteis leyendola, tanto como yo disfrutaré escribiendola.